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Con riesgo de equivocarme, tengo la impresión de que la producción de la industria audiovisual en el mundo, está en manos de personas provenientes de estratos altos y medios, con poca participación creativa de los sectores bajos. A lo mejor los cineastas de las clases media o alta pasan "hambre" (entendiéndola por ciertas privaciones materiales) en lo que se abren camino, pero una vez se insertan en la industria -ya sea como fabricantes de imágenes para publicidad, televisión, mercado de vídeo o salas de cine-, se "acomodan". Esta visión acomodada prevalece aun cuando tocan un tema espinoso como el que aborda Rodrigo Pla en La Zona, que posee el valor de ser uno de los pocos filmes que describen las relaciones de potencial violencia entre las personas de clase media que viven auto-amuralladas en los complejos residenciales exclusivos y cercados, y las de las comunidades marginales que viven afuera o, como en este caso, las rodean: tres muchachos pobres cruzan la muralla de La Zona para robar, dos mueren, uno se esconde y un adolescente zoneíta lo encuentra oculto en su casa. Hasta aquí, para este espectador, llegan los méritos del filme. Aunque Pla describe el fascismo inherente en la vigilancia civil y en el cuerpo policial con toques de hiper-violencia y un tímido gramo de ciencia-ficción, este filme de escaso humor (y la situación daba para mucho) adopta la fórmula del melodrama de mala conciencia y en el último tercio no se recupera. No sé si sentimentalismo descontrolado es un rasgo cultural latinoamericano, pero, aplicado por los cineastas, ha sido la razón del desbalance de muchas películas, entre ellas, Amores perros. Desde el momento en que al adolescente amurallado se le ablanda el corazón y se solidariza con el adolescente marginal, La Zona se va por los recodos del "modelo clásico", con música servil que sobreenfatiza lo obvio, muy al estilo de la sacarina musical de Hollywood, que sirve igual para conmovernos con los eventos en que se enredan Tom Hanks o un gremlin. Aquí, los personajes de cartón se acartonan más, Daniel Giménez Cacho se "consagra" frente a un televisor en uno de los planos más embarazosos de reciente visión (Maribel Verdú se salva de milagro, en segundo plano y fuera de foco) y el irónico plano final del adolescente ex amurallado y temporalmente "liberado" que come (tacos) en una esquina de barrio popular, funciona como un regañito a los adultos de clase media que protegen sus pequeños privilegios para proporcionarles la vida regalada (o prestada) a chicos como el protagonista, pero sobre todo como convalidación ñoña a la "valentía" del chamaco, quien, al encenderse las luces del cine, volverá en su cómodo 4X4 al hogar paterno en La Zona. Y de ahí... retomamos los planos iniciales de la mariposita (¿simbólica?) que vuela más allá de la muralla. De visión recomendada, pero mírela con pinzas. EST. |