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Invierno en Bagdad PDF Imprimir
escrito por Víctor Fowler Calzada   
 
Es un inicio que se ha hecho común: como en otros muchos documentales de denuncia sobre la invasión norteamericana a Irak, vemos imágenes de George Bush, Tony Blair y José María Aznar asegurando que Irak posee armas de destrucción masiva capaces de poner en peligro a varios países del mundo. En el año 2002, a pocas semanas del inicio de la invasión norteamericana a ese país, un contingente civil de españoles arribó a la ciudad de Bagdad a pedir al gobierno norteamericano que no invadiera Irak. Aunque el realizador peruano Javier Corcuera no iba con la idea de filmar, en cuanto comprobó que era parte de un movimiento de solidaridad internacional, concibió el proyecto de un documental acerca de estas personas que -desde los más diversos países del mundo- se apresuraban a manifestar, en el lugar, su rechazo a la guerra y trataban de impedirla. Sin embargo, apenas diez días más tarde de que el grupo de Corcuera regresara, comenzó el ataque, y fue entonces cuando el cineasta sintió la responsabilidad de recopilar un material que diese testimonio de la experiencia vivida antes y después, que se hizo realidad un año más tarde.
 
 
En esa segunda estancia, el grupo de filmación permaneció en el país durante dos meses y entrevistó a activistas internacionales que viajaron a Irak como parte del escudo humano, médicos que atendieron a las víctimas en hospitales o morgues, familiares de éstas y, sobre todo, a varios niños. El resultado es un documento impactante acerca de las consecuencias de las guerras en la población civil, en una época en la cual el lenguaje de las relaciones políticas hegemónicas opera sobre la base de la noción de los supuestos “daños colaterales” aceptables que en tales ocasiones se presentan.
 
 
Buscando efectividad antes que virtuosismo técnico, la cámara de Jordi Abusada penetra en el espacio doméstico de una madre que cocina para su hijo lisiado por la metralla; calderos, manteles, muebles comunes en un ambiente de gente común, ningún atributo particular que los diferencie al punto de que nos parezcan ajenos, ojos velados por la tristeza cuando recuerdan los bombardeos y sus efectos. En otra de las escenas, mientras una maestra de primaria habla de sus dos hijas muertas, el primer plano del rostro nos transmite el dolor contenido en una persona que dice haber muerto también ese día, y que ahora vive para seguir ayudando a sus pequeños estudiantes, muchos de los cuales murieron también, o sus padres o familiares.
 
 
En las filmaciones realizadas en exteriores, pese a la tentación que hubiera sido el regodeo en las edificaciones en ruinas, la cámara simplemente las muestra, en ocasiones porque los entrevistados caminan entre ellas o juegan con una pelota; de esta manera, la ruina deja de ser una huella espectacular, convenientemente regalada para una suerte de goce mediático, sino que simplemente está allí donde antes no la había. No en vano, en los primeros minutos del documental la cámara entrega imágenes de una avenida sobrecargada de automóviles, filmada durante la primera estancia en Bagdad del equipo; imágenes de una ciudad sin guerra, todavía entera. Las entrevistas a los niños nos brindan el trasfondo de la rotura visible en las edificaciones, el trastorno de millones de vidas que nunca más volverán a ser las mismas; hablan de compañeros muertos o mutilados, que han abandonado los estudios para trabajar, del sonido de los aviones y las explosiones de las bombas, de la presencia de los soldados norteamericanos en las calles. En una toma estremecedora, hecha cuando aún no se hablaba de las torturas en Abu Grahib y otras prisiones iraquíes, un camión militar norteamericano pasa con un grupo de detenidos encima; los detenidos llevan las cabezas cubiertas y el camión gira y se aleja. Dado que ninguno de los entrevistados se refiere al tema de la tortura, el acontecimiento queda como un detalle ambiental más junto con las tomas de tanques norteamericanos en las calles, los edificios destruidos, los cuerpos de niños mutilados y las voces que cuentan.
 
 
Si el considerar las condiciones de producción debe de ser una condicionante a la hora de juzgar el resultado de una película, esto se hace más verdadero cuando se habla de un documental –como éste- realizado en un país ocupado por un ejército invasor, y donde el objetivo es justo documentar las prácticas (más bien, la memoria) de aquel país que invade. Las imágenes de la avenida poblada de autos pertenecen a filmaciones hechas en los diez días que el autor permaneció en el lugar antes que la invasión comenzara, mientras que el resto al trabajo fue realizado un año más tarde y durante una estancia de dos meses en el país. En tal sentido, la fuerza de la obra de Corcuera estaría en la capacidad de transmitir la atmósfera crispada, el desencanto (incluso entre quienes se opusieron activamente a Hussein y que ahora sienten que la cruzada por la democracia del gobierno estadounidense implica la destrucción de Irak) y la sensación de incertidumbre de un país en donde ha sido comprometido el futuro.
 
 
 
Ficha Técnica:
 
Dirección: Javier Corcuera
Producción: Elías Querejeta
PC Guión: Javier Corcuera y Elena García Quevedo
Fotografía: Jordi Abusada
Música: Naseer Shamma
Montaje: Martín Eller
Nacionalidad: España
Duración: Color, 80 min
Año: 2005
 
 
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