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En proyecto: Memorias del desarrollo PDF Imprimir
escrito por Redacción de Miradas   

En uno de nuestros despachos noticiosos a través del boletín quincenal El ojo y la oreja, se podía leer: “El realizador cubano Miguel Coyula se encuentra preparando una adaptación de la novela Memorias del desarrollo (todavía inédita), de Edmundo Desnoes. En la misma, el escritor trae de vuelta, varias décadas después, al Sergio que observaba la realidad cambiante de La Habana de los 60 en su célebre noveleta Memorias del subdesarrollo, cuya adaptación cinematográfica, dirigida por Tomás Gutiérrez Alea, está considerada la más importante película del cine cubano.”

Edmundo Desnoes, quien regresara a Cuba en enero de 2003 como miembro del jurado del Premio Literario Casa de las Américas de ese año, declaró entonces: “El trauma del exilio fue tal que me sumió en el silencio. Atrás quedaba la isla y en Estados Unidos yo era un desarraigado que se empeñaba en comprender la sociedad en la que entones vivía. (…) Ahora yo regresé a la amistad y la sangre, quiero decir a la familia, desde un sobrino al que dejé de ver cuando tenía ocho años hasta mi hermano de 82, a quien no le había escrito.”

Respecto de Memorias del desarrollo, dijo: “Esta es una novela de continuidad, la cual llevo escribiendo desde hace casi diez años, porque para entender un lugar es necesario vivir en él un tiempo. (…) Me interesa el tema del envejecimiento. Hay que saber envejecer y hay que saber también salvar los recuerdos.”

Miguel Coyula, quien egresara de la EICTV en 1999 en la especialidad de dirección, trabaja en estos momentos en las primeras versiones del guión definitivo, que escribe en colaboración con Desnoes.

Gracias a la gentileza de ambos, Miradas ofrece una breve muestra de ese trabajo. A continuación reunimos un fragmento del original literario seguido por su respectiva propuesta de tratamiento para el cine.

Memorias del desarrollo (Fragmento)
El viejo y la muñeca
Edmundo Desnoes

Estoy aquí en un Holiday Inn con Barbie. Creo que todavía estamos en el estado de Pennsylvania. Entré al vestíbulo del motel y pedí en la carpeta una habitación con dos camas, aunque la sonrisa del pequeño monumento de mujer no estaba de pie a mi lado. Sus cabellos de oro estaban escondidos, ocultos en el maletín entreabierto que había colocado con suavidad a mi lado en el frío y reluciente piso de granito. Dejarlo entreabierto para que pudiera respirar la flexible y resistente Ms. B. no era cuestión de vida o muerte. Me sentí obligado, sin embargo, a prestar atención esmerada a las necesidades de la mujer cautiva en mi equipaje.

"You can sleep in your own bed , " declaré cuando la saqué del maletín y la extraje de su caja de cartón. "Puedes dormir en tu propia cama," le dije ahora en español, convencido de que me entendería. Estaba cansado de hablar en inglés. No es lo mismo. El español es la lengua de mis amores. Antes de salir de viaje la había insertado en su caja original y ataviado con las prendas de Your Very First Royal Princess, incluyendo la tiara y el vestido púrpura con lentejuelas, lentejuelas que resplandecieron como diamantes bajo la luz de la habitación.

Doblé y estrujé la caja de cartón y la boté en el cesto vacío.

Coloqué a Ms. B. bajo la lámpara del escritorio. No encendí la lámpara. Todavía no me atrevía a desnudarla.

Miré hacia la ventana: seis autos estacionados, inmóviles. Un convertible rojo; tres enormes vehículos deportivos, uno con una desierta bicicleta ridículamente erguida sobre el techo, otro con un refrigerador portátil acordonado a la parrilla, y el tercero con un muñeco, el gato Garfield, adherido con ventosas a la ventanilla trasera. Los otros dos autos eran un Mustang plateado y un Volkswagen verde limón. En el confín del estacionamiento un tacho de basura al pie de un solitario abedul. En el horizonte, una cinta móvil de mastodontes, mastodontes de dieciocho ruedas, seguida del collar interminable de autos fugaces. El collar de vehículos era como el oleaje de una playa. Las olas rodaban sobre la carretera.

Antes de proceder a ver y escuchar las noticias iluminadas, me preparé un vodka con agua tónica. Había comprado una rueda de queso camembert , una caja de saltines y un tarro de amarga mermelada de naranja.

El pútrido y delicioso olor del queso eliminó el desagradable tufo de limpieza que emanaba del pulido cuarto de baño y de las inmaculadas sábanas de las dos camas desiertas. Después de prepararme un segundo trago, encendí la lámpara del escritorio. Ya entraba en condiciones de hacerle frente a mi compañera.

"Espero que no te importe, que no te moleste quedarte aquí en la habitación, no salir, no ir esta noche al comedor. Comer aquí. Podemos regocijarnos aquí en la habitación."

B. me miró y una sonrisa se dibujó en su rostro. No estaba en disposición de acudir al restaurante sosteniendo entre mis manos once pulgadas y media de reluciente piel y mucho menos colocar a la hermosa señorita en una silla a mi lado, o frente a mí para verla mejor mientras conversamos; tal vez podría colocarla sobre la mesa, recostada al salero, o al búcaro con flores artificiales. Tal vez me atrevería de aquí a unos días. En otro motel del camino. Tal vez me exhiba con impudicia, más de sesenta años del brazo de una ninfeta. Todavía no me siento en condiciones. Y puedo pero no quiero ir a cenar sin mi mujer.

"No sabes... pero lamento que no puedas saborear este queso, aspirar este camembert , te trepa por las narices como... como si fuera tu propio aroma, como si, perdona, yo estuviera entre tus piernas."

Encendí la lámpara, apagué la lámpara, de nuevo encendí la lámpara; ella me estaba guiñando un ojo azul. Cada vez que la súbita luz la bañaba, me sobrecogía el temor de que si me atrevía, si extendía la mano para tocarla desaparecería en la oscuridad. Se esfumaría.

El rostro, los grandes ojos azules, los labios desunidos por una sonrisa indeleble; el rostro era ingenuo, infantil, dominado por esos ojos azul recién nacido. Una belleza tonta, genérica. El rostro rechaza la caricia, espanta la lujuria. La miro a sus grandes ojos cerúleos y me suaviza la erección. Siento deseos de abofetearla, con la mano abierta, para verla llorar; y al mismo tiempo quiero protegerla de mi bestialidad. B. me contempla, me atraviesa con la mirada, la mirada vuela por encima de mi cabeza. Como Ángela posando casi inmóvil... Con delicadeza, atento a sus deseos, deslicé los dedos entre la dorada cabellera, hice girar la cabeza hasta que me miró a los ojos. Adelanto el brazo hasta introducir la mano derecha entre los hilos, las ondas de la cascada.

"Ya lo sé, saliste sofocada, despeinada del maletín... Vamos a tener que resolver eso."

La sonrisa era la sonrisa de la bronceada Venus de California. Inocente y cruel. Siempre ahí, siempre igual; el cuerpo era una habitación higiénica y siempre dispuesta. La habitación de un motel. Inocua, donde todo es posible...

La alcé por la cintura, alcé a mi cautiva para poderla contemplar minuciosamente.

La desvestí, desnudé, arranqué el vestido púrpura y algunas lentejuelas rodaron sobre la alfombra. Le quité la tiara plástica; alboroté la abundante y despeinada cabellera dorada. Mucho mejor; así aparecía mucho más desconcertante; desnuda me partía el corazón el perfecto equilibrio entre la inocencia del rostro y la sensualidad del cuerpo.

"La virtud es siempre una mujer desnuda."

Las piernas interminables parecían a punto de escapar, de salir huyendo; sus senos desafiantes me agredían. Sus brazos delgados, pedían ayuda. Las manos, los dedos extendidos y dispuestos, a punto de tomarme entre sus diminutas manos. Ella quería apresar mi mano torpe y artrítica. Envolví su manita entre mis dedos índice, del medio y pulgar.

B. estaba de pie, apoyada en la punto de sus dedos esmirriados, dispuesta a partir.

Tengo que lavarle la cabellera, y desenmarañar los dorados hilos. Las facciones inocentes y el cuerpo pecador me conmovieron en mis fibras católicas, sentí y gocé de la división agónica entre el cuerpo y el alma. La cara le guarda el culo.

"Yo creo que, en cierto sentido, es una bendición vivir sin tener que comer. Comer es un placer, pero es también una distracción, una insistente, inevitable dependencia bestial." Y contemplé con fijeza su diminuta carne inmóvil, viva en mi pensamiento.

El más ligero cambio en su postura, desde verla recostada, mirándome y viéndome más allá, con sus brazos descansando junto a las nalgas, hasta su torso enhiesto y el empaque de su pecho, sus senos desafiando toda gravedad, sus manos al frente, lanzando dos trazos de sombra sobre sus muslos, me tocaba hasta las mas secretas fibras. Una estampa elocuente. Entonces, en ese momento, para entrar en contacto con su cuerpo, le di una palmada en la atlética espalda de vinilo. Una palmada afectuosa. Quería ver si se encogía, retrocedía, evitaba la torpeza de mi contacto. Apenas.

La miro. Imperceptiblemente B. se mueve, el gesto entre una retirada estratégica y la ansiedad afectuosa. La luz, desde arriba, la luz de la lámpara crea un halo alrededor de sus hilos de oro. Me inclino, adelanto para ver mejor su largo cuello. El cuerpo de Dorothy siempre precipitaba este largo recorrido entre la carne y la fantasía.

Dan Rather, el anfitrión de la televisión, y el Papa están en Cuba. Los ví desde la cama, en la pantalla del televisor. Las masas de la isla acuden a una manifestación aupando a Karol Wojtyla, y el Santo Padre no hace otra cosa que babear y hablar con aliento incoherente y babear de nuevo. La enorme valla del Cristo sentimental y barroco parecía un santo guerrillero con la mirada viajando por encima de las masas hasta chocar con la mirada desafiante del Che Guevara en la fachada de otro edificio, ambos envolviendo la Plaza de la Revolución. Mientras tanto yo, en la habitación de un anodino motel, contemplaba las noticias en el vitral iluminado del televisor; y por primera vez me pareció adecuada la sonrisa de B., un comentario incisivo frente a las grotescas noticias del día.

"¿Te das cuenta?", le comenté. "Es una epifanía. Yo creía en la racionalidad de la revolución. Ahora descubro que no es materialismo dialéctico ni la cabeza de un guanajo, es pura obstinación religiosa." Alargué el brazo hasta alcanzar la cubeta de hielo. Los cubitos sacudidos comenzaron a tintinear en el vaso y el licor espirituoso comenzó a relampaguear. "El comunismo, como religión al fin, no funciona como gobierno. Una fe adorable..."

"Sabes una cosa, estos puros diamantes líquidos vienen desde Rusia hasta mis labios." La esencia destilada pasó al cerebro, llegó al pensamiento sin apenas detenerse en las entrañas. Señalé hacia la pantalla brillante. "Lo que existe hoy en la isla es pura esencia quijotesca, terca, obstinada, absolutista. El papa es Fidel; y el marxismo es una esencia embriagadora. Con una cruda espantosa al día siguiente."

B. se limito a continuar sonriendo sin quitar la vista del televisor. Desnuda y profundamente entretenida. Eres para mi más auténtica y poderosa que el sueño de un mundo mejor; eres una realidad, más realidad encarnada que el materialismo dialéctico -pensé pero nada le dije a la muñeca ingenua y sensual. Estaba seguro de que ella comprendería el silencio de mi discurso.

"¿Sabes otra cosa?, me siento mucho más cómodo, menos alienado creyendo en ti, en tu cuerpo y tu mirada...? Se me había olvidado preguntarte, ¿de dónde eres, dónde naciste?"

Silencio. La tomé en mis manos, la volteé y aparté la cabellera que caía sobre la indefensa espalda. Justo encima de la cintura, cintura de apenas ocho centímetros, encontré el tatuaje de su procedencia. Apenas podía leer la cicatriz. Sentí el ligero abultamiento de la piel, sentí con el pulgar la herida de su nacimiento.

"Así que naciste en, naciste en..." Me levanté de la poltrona y busqué en el maletín la media luna de mis lentes y así pude leer la leyenda impresa en su rabadilla. "Naciste en Indonesia." Los hombros de esta mujer son amplios, la sutil rajadura entre sus nalgas es suficiente para sentir su feminidad, revivir la mujer al tacto, y sus piernas son infinitas, ideales. El espacio entre sus muslos es suficiente para deslizar mi dedo meñique hasta alcanzar el centro lampiño... pero completé el recorrido. Me detuve a unos milímetros; ví la cabeza ligeramente volteada en mi dirección, ví el lóbulo perforado de su oreja. No recuerdo haberle quitado los aretes.

"Ambos somos blancos, de piel blanca, de aspecto occidental pero en realidad ambos hemos nacido en el subdesarrollo, en el Tercer Mundo; tú en Indonesia, yo en Cuba."

B. no parecía de acuerdo. Me echó una mirada joven, norteamericana; la cara le guarda el culo.

Decidimos, después de entretenernos con una película de los años cincuenta, The Best of Everything , con Joan Crawford y Suzi Parker, decidimos darnos juntos un buen baño. Casi me había dormido; yo había visto años atrás la película, pero no le dije nada. Me parece siempre que en el vacío de su existencia lo sabe todo. A cada vuelta del camino me pierdo, me desconcierto... B. es ahora más auténtica, más genuina, irónicamente, que la mayoría de las cosas y los accidentes que informan y consumieron mis últimas seis décadas; la revolución me secuestró el corazón y mis pensamientos; Suzi Parker me sedujo, erotizó y ahora B. es la única realidad que conozco; sé que es una pura imagen, pero una pura imagen que puedo sostener entre las manos. Nunca alcanzaré a tocarle las entrañas: solo puedo ver y poseer su piel. Todo es superficie.

Esta mujercita siempre está sobre la punta de los pies. Le permite lucir más alta. Echo de menos ayudar con mis manos a desvestirla, quitarle los ajustadores, los pantaloncitos, los zapatos de tacón alto. Le doblé las rodillas y la senté al borde esmaltado de la bañadera; el chorro furioso del grifo le salpicó las piernas, el rostro, hasta el cabello se llenó de gotas de agua.

Nos regodeamos en la nueva naturaleza, al borde de un salto de agua, libre de insectos y leones, libre de aborígenes y tempestades.

Una vez sumergido en la bañadera la acomodé sobre las rodillas huesudas.

"Eres una criatura perfecta," y cuando estiré las piernas el agua la cubrió hasta los senos. Senos frutales pero sin pezones de vainilla. Me deslicé hasta poder reclinar la cabeza sobre el borde de la bañadera; ella flotó hasta detenerse sobre mi pecho, sus pies y sus piernas envueltos en los hilos de plata de mi pecho. Como hierba descolorida bajo el agua.

Cuando me enjaboné me sorprendió, siempre me sorprende, la espuma que crece bajo los brazos y entre las piernas; me froté las axilas y los genitales, me enjaboné la espalda con dificultad; contemplé cómo mi compañera flotaba y se hundía... y la rescataba cada vez antes de verla hundirse hasta el fondo. La rescaté un par de veces a punto de ahogarse.

Cuando me puse de pie como un gigante la pequeña se hundió.

El agua estaba sucia.

"Perdóname, mi vida" y la levanté entre mis manos limpias. "Debí haberte enjabonado primero. Para limpiarte de la grasa, del polvo del camino, de toda la suciedad que debes haber acumulado desde que saliste de Indonesia, de Kuala Lumpur. Tienes poros invisibles, pero tienes poros..."

La enjaboné meticulosamente, sintiendo cada promontorio, cada curva, cada intersticio de su cuerpo. La sostengo por la cabeza, mis dedos alrededor de su largo cuello para sumergirla en el agua turbia donde saturada de mis sudores y de las escamas de piel muerta. La idea de hundir su cuerpo en el agua sucia con mis residuos me detuvo en seco.

Dejé correr el agua limpia y fresca, y coloqué su cuerpo enjabonado bajo el chorro furioso.

El agua tumultuosa cubre la piel elástica, reluciente. Sostengo el cuerpo enjabonado por unos segundos, apresado en mi mano derecha, atento, cuidando de no dejarla caer de nuevo en la bañadera.

"No tengas miedo, estas bañándote en una discreta catarata doméstica. Una suerte de bungee swing." La sostuve por los pies y la sacudí, la sacudí hasta que la última gota de agua que había penetrado sus articulaciones y comisuras y perforaciones de su cuerpo reluciente, me salpicó las piernas peludas. Cuando recorrí su anatomía, froté sus piernas con mis torpes dedos, sus muslos chirriaron de placer.

"Mañana te tengo que lavar el pelo."

Nos acostamos y encendimos la televisión. Nightline. Antes de caer dormidos vimos en la pantalla el vestido azul marino de Mónica Lewinsky, el vestido que llevaba cuando el presidente Clinton eyaculó sobre la tupida noche del tejido, sobre el vestido que había desplazado la noticia de la visita del Papa Wojtyla a Cuba. Ahora la única noticia de interés está en saber si el presidente logró penetrar a Mónica o solo se derramó sobre su vestido. Si era posible considerar el intercambio un acto sexual consumado o un simple juego erótico.
B. estaba en su cama, yo en la mía.

No dormimos juntos. Yo temía virarme durante la noche y aplastarla si compartíamos el mismo lecho.

Tratamiento de guión para la versión cinematográfica de Memorias del desarrollo , a cargo de Miguel Coyula y Edmundo Desnoes (Fragmento)

INT. ONEONTA SUPERMARKET – DÍA

Las puertas electrónicas se abren y Edmundo entra al gigantesco supermarket. Camina pasando por los largos pasillos. Finalmente entra en la sección de muñecas. Agarra una caja con la clásica Barbie. Deposita la caja en el contador, la empleada lo mira. Él sonríe.

EDMUNDO

It's a gift.

La empleada lo mira extrañada por un segundo antes de teclear el precio en la computadora con sus largas uñas rojas. La tarjeta de crédito de Edmundo es deslizada por la máquina con el sonido electrónico.

EXT. AUTOPISTA – DÍA

Edmundo aprieta el freno de emergencia. El carro se detiene en medio de ninguna parte. Edmundo mira la bolsa plástica en el asiento a su derecha. Saca la caja de la bolsa. Rompe la caja, y saca a la Barbie sonriente. Edmundo gira la llave del motor, encendiéndolo.

EXT. AUTOPISTA – ATARDECER

La autopista está desierta. Una señal se acerca: WELCOME TO PENNSYLVANIA.

INT. Holyday MOTEL - ATARDECER

Edmundo entra al lobby con una maleta y se registra con el empleado.

EDMUNDO

A room with double bed please.

El empleado le entrega la llave.

INT. CUARTO DEL HOTEL – noche

Edmundo gira la llave en el pomo de la puerta y entra a la habitación apurado. Saca a Barbie de la maleta. Mira fuera de la ventana y cierra la cortina. Deposita a Barbie en la cama, cerca de la lámpara de noche. La mira por un instante y le quita la corona, desabotona su blusa, la desviste. Contempla sus pies, las largas piernas, sus pechos desafiantes, sus brazos delgados, los largos dedos. Edmundo le agarra la mano con dos dedos. El televisor muestra imágenes del papa en Cuba, en la Plaza de la Revolución. El Che Guevara de un lado y la imagen edulcorada de Cristo en el otro. El Che Guevara mira a Cristo con el ceño fruncido. Barbie está mirando el televisor, las imágenes se reflejan en su cara, en su sonrisa permanente. Edmundo abre una botella de Vodka, sonriendo se dirige a la Barbie.

EDMUNDO

So… Where are you from?

La levanta y le da la vuelta. Le quita el pelo de la espalda. Nota que hay algo escrito en la cintura. Agarra sus espejuelos. El tatuaje entra en foco: MADE IN INDONESIA. Edmundo desliza su dedo hasta dejarlo entre las nalgas de Barbie. Edmundo vierte el Vodka en un vaso con hielo.

INT. BAñO DEL HOTEL – NOCHE

El agua cae en el pelo de Barbie, bajo la luz verdosa flourescente. Barbie está sentada en la rodilla de Edmundo; quien a su vez está sentado en la bañadera. Edmundo baja la rodilla hasta dejar a Barbie flotando en el agua, en dirección a su pecho. Cuando Barbie está a punto de tocarlo Edmundo se levanta y Barbie se hunde. Edmundo abre la llave de la ducha y enjabona a Barbie, el pelo, los pechos, el cuerpo, las piernas y las manos. Sujeta su cabeza con cuidado para que no caiga en el agua sucia de la bañadera. Cierra la llave. Sacude a Barbie, la envuelve en una toalla blanca, la blancura lo envuelve todo.

INT. CAURTO DEL HOTEL – DÍA

Edmundo quita la sábana descubriendo el pelo de Barbie quien está durmiendo, su cabeza abraza la almohada gigante, su cuerpo descansa desnudo sobre la cama. Los rayos del sol se filtran a través de la cortina, que se mueve por el viento.

EXT. AUTOPISTA – DÍA

Los árboles pasan, escondiendo el sol, mientras el carro acelera. El radio esta tocando la Novena de Beethoven. La autopista es una escultura plana. Barbie está sentada desnuda en la pizarra. Las llantas del carro giran a toda velocidad. La pizarra marca 90 millas por hora. Edmundo está enajenado con la música a tope, cuando un carro de policía se acerca haciéndole señas. Edmundo lo nota y baja el nivel de la música, entra el sonido de la sirena. El carro de policía se adelanta. Edmundo corta y sale de la carretera. Presiona el freno de emergencia. Barbie sede la pizarra al asiento. El enorme cuerpo del policía la deja en la sombra.

POLICIA

Do you know how fast you were flying?

EDMUNDO

No, officer but I know now…

Edmundo recuerda a Barbie y se echa hacia delante para cubrirla con su cuerpo mientras saca su billetera. Las piernas desnudas de Barbie quedan visibles aun. Las manos de Edmundo tiemblan al sacar la licencia. Se la caen unas monedas. Un flash de Miriam, la niña se ve reflejada en las gafas del policía. Edmundo agarra el timón con sus manos temblorosas para controlarse. El policía mete la cabeza por la ventanilla y mira el interior del auto. El tiempo se ralentiza. Edmundo pestañea.

FANTASÍA

El cañón del rifle dispara y vuela la cabeza del policía. Su cuerpo cae en el asfalto. La risa del policía rompe el silencio.

DE VUELTA A LA REAlIDAD.

Barbie sonríe. Edmundo está mirando a la placa del policía, quien se está riendo al ver a Barbie.

POLICIA

That's a great idea. You got it buddy. Next time I go on vacation I'm not taking my wife.

El policía le devuelve a Emundo su licencia y la multa.

POLICIA

She's a beauty. You shouldn't endanger her life by speeding.

El policía se aleja hacia su carro. Edmundo agarra una botella vacía de Snapple del piso del carro, entre sus piernas temblorosas. Abre el zipper de su portañuela. Orina dentro de la botella. Barbie ha movido su cabeza y lo está mirando.

EDMUNDO

You are not supposed to look.

La cabeza de Barbie esta ahora mirando en otra dirección. El carro se está moviendo ahora. Una señal se acerca: WELCOME TO ALABAMA. Latas de cerveza y desperdicios de Mc Donalds pasan a los lados de la carretera.

EXT. PARQUEO – DÍA

Barbie resbala y se cae al pavimento cuando Edmundo baja del auto. Un perro, un Labrador Negro, secuestra a Barbie. Edmundo trata de quitárselo de la boca, pero el perro cabecea de lado a lado y corre cuando Edmundo se acerca demasiado. Los dueños del perro, una joven pareja y su pequeña hija se acercan. El perro libera el cuerpo desnudo de Barbie. Edmundo lo recoge. La madre agarra la mano de su hija.

MUJER

You dirty old man!

EDMUNDO (sonríe)

The dog could have killed her. See?

Edmundo toca las marcas de los dientes en la cintura de Barbie. El marido se acerca amenazador.

MARIDO

Buy yourself another one, old timer.

HIJA

Mommy, the Barbie has no clothes, I have an old dress…

ESPOSA

That's all right honey… (a Edmundo) You should be ashamed of yourself!

Edmundo mira a la Barbie, cubre el plástico rasgado con su pulgar.

INT. HOLLYDAY MOTEL – Noche

Edmundo quita su pulgar del brazo izquierdo de Barbie, revelando otra herida en el plástico. La de la cintura aun está ahí. La cara de Barbie sonríe eternamente. Está sentada en el borde la pantalla de la laptop: Edmundo teclea en la pantalla: ¿DÓNDE ESTÁ LA VERDADERA MUJER?

MONTAJE

La cabeza de Barbie emerge de la bañadera. Edmundo la saca de la bañadera. Enciende el cañón del secador. Le seca el pelo. Le aplica loción al cuerpo y a los genitales.

EXT. PLAYA – DÍA

La cabeza de Edmundo emerge del agua. Barbie mira al hombre que sale del mar hacia la playa. Ella está sonriendo bajo la sombra. Edmundo la entierra en la arena, dejando solo su cabeza fuera. Luego procede a tirar arena sobre su cabeza para intentar cubrirla. La arena cubre su sonrisa, luego los ojos.

EDMUNDO (V.O)

La luna de miel se ha ocultado. No tengo familia, ni cara en la sociedad. Nadie me pide nada y nadie espera nada de mí. Me puedo impulsar solo. ¿Quién me está cazando? No tengo mujer, ni siquiera una hija. Nadie me va a llamar por teléfono.

La arena lo cubre todo.

 

 
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